Magnitud del hechizo, fusión de las miradas, trazos abigarrados o expandidos que
urden su alfabeto; curvaturas, sistemas, cuerpos que en el espejo oblicuo del poema
multiplican la desemejanza —una que, sin embargo, los invoca. Esta conversación
entre las tintas de Mercedes Roffé y las palabras de Eduardo Mileo es una invita-
ción a despojarse de las categorías, a asistir a la danza de un único lenguaje; un
viento que no se sabe si acomoda o desordena, si ribetea o marca; una coreografía
que logra su potencia en plena dispersión.
Mario Nosotti
Viaje al silencio de las cosas, de Mercedes Roffé y Eduardo Mileo, es un hermoso
homenaje a la tinta como origen y destino de la grafía del lenguaje en todas sus
vertientes visuales y sonoras. Desde los dibujos de Roffé —que ella misma ha
llamado “escrituras”—, Mileo se inspira en lo abstracto y lo concreto que encarnan,
de forma simultánea, estas imágenes asémicas y monocromáticas, las cuales varían
en sus trazos y texturas, en su quietud y movimiento. Más que poesía ecfrástica,
es una danza sensorial poetizada que conecta y amplía cada imagen como una
especie de caleidoscopio escritural: un poema que nace de la imagen y engendra
otras desde la palabra. En conjunto, las obras son una lúdica exploración de una
poderosa gama de imágenes que trastocan límites y despiertan sensaciones, evocan
afectos y nos regresan a lo cotidiano, lo colectivo, y al palpitar inquieto de la vida
misma.
Mónica C. Lladó Ortega

