A mi periquita Julieta la degolló un gato
cuando yo era niña. Mi madre y yo salimos
a la terraza y descubrimos la jaula aún columpiándose
abierta: su cuerpo tendido
bajo el péndulo de sombra que hacía la pajarera,
el rompecabezas de sus plumas recién
desarmado, el celaje asesino cruzando
el patio veloz. El gato no había tenido tiempo
de llevársela porque sintió nuestros pasos:
Allí quedaba su obra inacabada, inútil: otra
muerte inservible hasta para el hambre.
“Bueno que le pase por empeñarse en abrir
la jaula”, dijo entonces Mamá.
Julieta había aprendido a zafar el pestillo
tres días antes. Mi madre aseguró la puerta
con amarres de bolsas de pan para impedirle
escapar, pero aún así la pajarita se las
había ingeniado. “¡De seguro que abrió ella
misma; de seguro que el gato solo tuvo que
esperar a que la imbécil se le ofreciera en
bandeja de plata!”, seguía Mamá, ya escoba y
recogedor en mano. “¡Desgraciado!”, añadía,
mientras se aprestaba a barrer aquel mosaico
amarillo y verde. Yo no atinaba a llorar porque
al horror del descuartizamiento lo había
interceptado la atribución de culpas, y ya no
sabía si sentir odio o dolor, y en caso de optar
por lo primero no me decidía entre odiar
al gato o a Julieta, la imbécil. Pero al ver que
Mamá pretendía disponer de las plumas indiscriminadamente
junto al cuerpecito inerte, intercedí de un grito:
—¿Qué vas a hacer?
Extracto del cuento “Madre, naturaleza”
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